Ensayos y crónicas en el viaje

septiembre 4, 2026

Una ruptura que ya cumple 53 años

¡Qué grito el Golpe! ¡Qué ruptura! Tan fuerte el dolor y tan intensa la separación: ¿acaso el Golpe hirió en forma tan sutil y profunda el ánimo y el cuerpo de Chile que sus ecos serán muy difíciles de sanar?

Primer acto: el grito

Esa mañana del martes 11, el rasante vuelo de los aviones de guerra se hizo sentir en el primaveral cielo santiaguino.

El púber que yo era me apoyaba con indolencia en el frontis de la casa de un amigo, mientras sus padres iniciaban una preventiva quema de libros.

Por su elegante tapa dura y el papel biblia, me llamó la atención un ejemplar de Los Manuscritos Económico–Filosóficos, escritos por un joven Carlos Marx. Lo rescaté. Su acuciosa lectura un par de años más tarde daría el tono a mi asombrada conciencia histórica. En la tarde, hubo silencio y erráticos disparos. Los próximos días el aire empezaría a sofocarnos con el miedo. Hoy solo recuerdo la desolación que desde aquel día empezamos a ver en los ojos de la muerte.

Cuando ya en Santiago circulaban de boca en boca las historias con cadáveres a la deriva por el río, en la extensa Avenida Macul empezaron a aparecer hombres y mujeres, fríos y ejecutados. Eran transportados en camiones y en las noches obedientes soldados los depositaban en las esquinas del largo trayecto que va desde Avenida Quilín hasta Departamental. Así, en ese fatídico septiembre, empezaba a desplegarse la lógica del terror antes planificada en los salones del miedo y la avaricia.

 Segundo acto: la ruptura

A poco andar en mis estudios de Historia en la Universidad de Chile, en 1977, cuando de política poco o nada se hablaba. Con mis compañeros, unos y otros, todos muy mozos, nos fuimos encontrando por normales simpatías y antipatías, algo común a cualquier grupo. Así empezamos a morar en el afecto. Hasta un día, en el que luego de un paseo de curso, en jolgorio y de copas, algunos nos pusimos a entonar canciones que evocaban el pueblo unido y el dolor.

Tras la emergencia insoslayable de diferentes miradas ante la tristeza y el conflicto de esos años, entre nosotros se rompió la inocencia y el respeto. Nuestra promoción se escindió para siempre. Quienes hasta esa fecha habíamos sido amigos por humana empatía, de ahí en adelante nos miraríamos con violenta indiferencia. Nunca más el diálogo entre diferentes. Arreció el desprecio. Esas fueron nuestras literales emociones. Allá los otros, partidarios de la dictadura por acción u omisión; acá nosotros, quienes repudiábamos y resistiríamos a sus excesos. Ambos mundos separados por un ancho muro de desconfianza. Ese fue uno de los rostros del tono relacional de la generación universitaria de los ochenta. El otro rostro fue la generosidad y colaboración, en las calles y en la asamblea, entre aquellos que participábamos activamente contra la dictadura y en la recuperación democrática.

Tercer acto: ¿acaso el Golpe hirió para siempre nuestro ánimo?

Hoy, a la luz del tono emocional, entre no pocos de nuestros coterráneos, de la desconfianza, la soberbia, el resentimiento, el abuso y el miedo, nos preguntamos si ese mal ánimo no es aún el intenso eco de aquel doloroso grito y ruptura. Es que el Golpe y la dictadura cívico-militar habrían mortificado en forma tan sutil y profunda el ánimo y el cuerpo de Chile que aún le sentimos como una herida abierta, difícil de sanar. Hoy cuesta imaginar que puedan emerger otras emociones, si durante cinco décadas hemos vivido en ausencia de gestos inspirados e integradores.

Por el contrario, en el país ha persistido la violenta inequidad social y el individualismo desatado del “sálvese quien pueda” son hoy nuestro sino. Todo se compra y vende. Los más quieren lucrar. El sentido de pertenencia a una comunidad solo aparece en la nobleza solidaria y en los microclimas emocionales que unos y otros co-construimos para un mejor vivir. La soberbia, tan mala consejera, se inicia ramplonamente con los mega carros en los hipermercados de los poderosos y termina en la violencia descalificadora entre unos y otros, cuyo clímax ha sido la evasiva renuencia a pedir perdón.

Y pedir perdón y perdonar, tesituras implicadas, son gestos que ayudan a sanar o al menos a inhibir el resentimiento, otra emoción que es muy mala consejera. Así como también ayudan a inhibir el miedo, emoción que paraliza. Resentimiento y miedo, emociones que hoy, al ritmo de la creciente polarización social, otra vez empiezan a campear en nuestras calles y en el ánimo de variopintos colores.

53 años después podríamos seguir hablando y cuestionando la actual insuficiencia democrática en diversos sentidos y de otras condiciones que, digámoslo, nos han sido impuestas por la misma profundidad del desgarro en el grito y la violencia en nuestra ruptura. Un grito y ruptura históricamente signado por el miedo al dolor social de los de abajo y el miedo al despojo de los de arriba. Sin embargo, poco avanzaremos si soslayamos las heridas en el ánimo aún abiertas. 

Resuena entonces la enorme pregunta: ¿Cómo sanar tamaña herida? En otros escritos hemos sugerido que, además de la necesidad imperiosa de acortar las brechas en inequidad social y de limitar los abusos entre nosotros y al entorno ambiental, en nuestro amado país es igual de urgente y necesario un activismo político re evolucionario de tipo emocional.

Esto es la participación amplia e inclusiva, el educarnos en el respeto al otro, en la aceptación y valoración de la diversidad, en la empatía, en la convicción que el ejercicio de la democracia es sinónimo de aceptar las diferencias, buscar acuerdos y construir confianzas. Esos gestos emocionales son los únicos capaces de dar una base para la resolución sostenible a los tan humanos conflictos. Sanar nuestra larga herida emocional es una tarea aún pendiente.

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